¡Qué me cago!

¡Qué me cago!

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La imagen de mi padre agarrado al mango del Seiscientos, con las gafas resbalándole  a cámara lenta por el tabique nasal debido a un apretón intestinal en un domingo lluvioso de primavera del 1978, no se me podría olvidar ni aunque me entrenara para ello. Entre otras cosas porque, en mi caso, reafirma mi actual esclavitud a la genética heredada de ese caballero aferrado al mango de un diminuto coche rojo de tapicería blanca donde viajábamos cuatro adultos y dos niños, parecido al chiste sobre cómo meter a cuatro elefantes en un Seiscientos.

—Yayo ¡qué me cago!— soltaba mi padre alaridos descompuestos como una embarazada a punto de parir en medio de un campo de batalla.

—Ricardo, respira hondo, baja la ventanilla y respira hondo— le aconsejaba el veterano de guerra que, curtido en mil batallas, debía haber presenciado más de una defecación involuntaria en Rusia, donde la División Azul casi se congela.

Dicen, con razón, que el contexto lo es casi todo y por eso no ayudaba estar atascados en medio de un decorado en forma de charco de barro que debido a una lluvia corta pero intensa, tipo tropical, lo hacía parecer un auténtico campo de diarrea humana.

—Mira que te lo tengo dicho, no te tomes un cortado después de comer—añadía mi madre. Esos comentarios a toro pasado que son tan válidos pero tan fútiles.

—¡Yayo! —desgarraba mi padre el ambiente.

Atascados en la mierda, la dantesca situación prosiguió durante lo que a mi padre y al resto de adultos les debió parecer una eternidad. La expectativa colectiva de que un adulto de noventa kilos, que se acababa de clavar media ternera, se cagara encima en un espacio tan pequeño, y en un lugar tan poco amigable para salir huyendo, debió tener un efecto negativo sobre el espacio tiempo.

Mientras los adultos la padecían como una tragedia, la escena se grabó en mi cabeza como algo bastante natural, un teatrillo ambulante preparado para mi hermana y para mi. Con los años, sin embargo, me di cuenta de que la escena, no era más que una lección de vida, algo que debí tomarme más en serio, anotar y recordar como esa frase a toro pasado y aparentemente fútil de mi madre: “Mira que te lo tengo dicho, no te tomes un cortado después de comer”.

Ahora, pasados los años, el recuerdo ha mutado, y esa frase, mi madre ya no se la dice a mi padre. Le veo las pupilas en alta definición mientras el fondo se va de foco y su dulce voz me susurra “mira que te lo tengo dicho, no te tomes un cortado después de comer”.

—Juan ¡qué me cago! —gritaba como los sollozos de un hincha de fútbol cuyo equipo acaba de perder la Champions League.

Y ahí estaba yo, treinta y pico años después atascado en medio del horripilante tráfico de Sao Paulo, en un taxi cochambroso conducido por el genio de Regreso al Futuro. Mi socio al lado, intentando controlar sus propios nervios porque se veía perdiendo su vuelo.

Todo había empezado dos horas antes, en la habitación del hotel.

—Rafa, vamos que no llegaremos.

—No encuentro el pasaporte.

—Estaba en la caja fuerte.

—No, ya he mirado, he mirado por todos lados …

Primer retortijón.

—Lo he perdido —dije poniendo mis brazos en jarra como si esa posición fuese a solucionar la situación.

—No puede ser, ¿dónde fue la última vez donde los viste?

—No lo sé —me senté en la cama, apoye mis codos en mis rodillas y me llevé las manos a la cabeza. Otra posición inútil.

—Bueno, yo me tengo que ir o pierdo el vuelo.

Segundo retortijón. Ese fue de 5,3 en la escala de Richter.

Dos horas más tarde, las ventanillas del taxi estaban bajadas y yo respiraba como una embarazada a punto de dar a luz.

—Rafa, respira hondo, no pasa nada …

Me quise aferrar al mango del techo del coche y mi mano encontró el vacío.

—¡Joder!

—¿Qué?— me dijo Juan con hartazgo.

—Este taxi no tiene mango.

—¿Qué?

—Este taxi no tiene mango, no me puedo agarrar …

—Pero si estamos parados, ¿¡para qué quieres el mango del demonio!?

—Es muy largo de explicar …

Retortijón número 123, ya no había escala con la que medir su virulencia

—Dios, no dejes que me cague, te lo suplico, no dejes que me cague —sollozaba mirando a un cielo imaginario como el del hotel Venetian en Las Vegas.

Miré a Juan con horror.

—Juan —silencio y miradas cifradas — me cago—.

El taxista me miraba por el retrovisor. Treinta años de profesión y nunca había visto una escena tan dantesca.

—¡Qué me cago!

—¡Rafa, cagáte ya de una puta vez! —exclamó en un porteño inmaculado.

Se hizo el silencio. Yo cerraba los ojos con fuerza, como si la mierda se me fuese a escapar por los orificios oculares. Cuando parecía inevitable que me iba a cagar encima, el tiempo se detuvo y pude ver a varias de mis generaciones pasadas agarradas a diferentes artilugios en un intento de aguantarse la cagalera. Creo que incluso llegué a ver a un conquistador en medio del amazonas agarrado al pene de un macaco.

—Y justo me toca a mi no tener un mango donde agarrarme—susurré.

Juan em miró enojado, dejándome saber que no me iba a dejar pasar ni una mas, y menos la del mango.

Al llegar al aeropuerto casi tres horas después de iniciar el trayecto, salté del taxi dispuesto a cagarme en la misma pica del baño si fuese necesario. Por suerte uno de los baños estaba libre y pude defecar a lo Freud, sintiendo un placer de dimensiones desproporcionadas.

Salí del baño. Relajado. Tenía que denunciar la perdida de mi pasaporte, iba a perder mi vuelo y este contratiempo me obligaría a quedarme en Sao Paulo varios días. Me daba todo igual, no me había cagado encima y además había roto el maleficio del mango.

—Casi pierdo mi vuelo— me dijo un acalorado Juan al verme.

Asentí.

—Que hijo de puta eres— finalizó.