Yo sólo iba a hacer turismo de concesionario

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Yo sólo iba a hacer turismo de concesionario. Me hacía ilusión entrar bien vestido a los concesionarios para ser recibido por algún vendedor entusiasmado, preguntar por coches de segunda mano de gama media con poco kilometraje e irme, con dos cojones, sin comprar nada y después de haber puesto veinte mil pegas a todo. Y, sin embargo, en el segundo concesionario al que entré, acabé reservando un Citroen Cactus de gerencia con sólo 2.500 kilómetros.

Imagino que ahí fuera existen todo tipo de compradores de coches. Yo me considero una rareza. No entiendo de caballos, cilindradas, potencia, calidades de los materiales, de nada. Tengo conocidos que saborean los coches en base a sus ingredientes principales, los que no se ven pero se sienten. En cambio yo sólo me fijo en la estética, si me entra por los ojos ya me sirve, igual que un plato de espaguetis.

De pequeño solía decirle a mis amigos que yo me conformaría con la carrocería del Ferrari de Magnum P.I. pero con un motor de un seiscientos.

—Pero eso no es un Ferrari —me contestaban.

—Me da lo mismo, a mi sólo me gusta la aerodinámica que tiene y el color rojo chillón.

Fin de la conversación sobre coches.

De mayor no han cambiado ni un ápice mis gustos, sigo siendo fan de la estética, no de todas, porque ni siquiera tengo un patrón coherente, me pueden gustar vehículos con estéticas que se podrían considerar contradictorias. Sufro un histerismo tan evidente que algunos me recomiendan que no retrase más mi salida del armario.

Pero para aclarar mi orientación —no debería, pero me sale de los huevos hacerlo— soy con los coches como mi amigo Eddie de Boston con respecto a las mujeres que le atraen, y al que una noche de borrachera le pregunté:

—¿Pero tu, de qué eres, de tetas o de culos?

—Yo soy holístico —me contestó sonriente, porque siempre estaba en ese estado.

Así que con mis rarezas a cuestas entré un jueves en un concesionario Citroen, cuyos coches de niño me parecían de plastelina, y el sábado estaba reservando mi unidad de gerencia. La culpa, como no puede ser de otra forma, fue de Lidia.

—¿Te has parado al lado del coche porque quieres que lo reserve?

Asintió sonriente. Si hubiese tenido una cola canina la habría zarandeado violentamente de lado a lado.

Así que entré para sorpresa del vendedor, y reservé con 300 euros mi nuevo coche de segunda mano.

El lunes siguiente, imprimí unos panfletos para vender mi Opel Astra de 2003 con 130.000 kilómetros, y adorné los lugares más transitados de mi pueblo, donde a las pocas horas la noticia había corrido como la pólvora.

—Rafa, he visto que vendes el coche —me preguntó Oriol, un treintañero largo que parece que se haya tragado un megáfono.

—Ya ves —alcancé a decir.

—¿Y cuál te compras?

—Me da vergüenza decírtelo —dije intentando parecer gracioso

—Espero que no sea un coche francés, son una auténtica mierda.

Miré a Lidia que se estaba internamente descojonando de la risa. Lo sé porque cuando no puede reírse se le frunce el ceño, las gafas se le abalanzan hacia adelante ligeramente, y se le ponen ojos de after party.

—No me jodas, ¡es un coche francés!

Para atajar el asunto, confesé.

—Sí, un Citroen Cactus.

Negó con la cabeza.

—Es uno nuevo que …

—No será esa mierda que tiene abdominales en los laterales. Eso es una birria, cuando lo vi por primera vez me pregunté quién sería el gilipollas que se compraría un coche así.

—Ya tienes tu respuesta, calculo.

—Lidia, avísame cuando quieres que le de un garrotazo en la cabeza a ver si se la arreglamos.

Ese mismo día por por la tarde, me rondaba por la cabeza la idea de que ese coche no estaba hecho para mi, y no porque fuese “una birria con abdominales”. Yo ya soy un tío grande y debería buscar coches con formas conservadoras, especialmente porque hace 20 años hice un pacto conmigo mismo que consistía en no verme nunca como esos viejos que casi no pueden salir de sus coches deportivos.

Por la tarde llegué al entreno de mi equipo de voleibol de veteranos, donde todos sabían que me vendía el coche y, por lo tanto, que me estaba por comprar otro. Y tuve que enfrentarme nuevamente a las preguntas sobre mis gustos automovilísticos.

—Y ¿cuál te compras? —me preguntó Arno, un holandés que habla castellano un millón de veces mejor que Cruyff, literal.

—Si te dijera que está entre un Peugeot 2008 y un Citroen Cactus, ¿cuál te parecería más acertado?

—No tengo ninguna duda —me dijo sin vacilar.

Como Arno lleva un Audi grandote, me cagué encima.

—Un 2008, ¿Verdad?

—No, el Cactus sin dudarlo. Hay uno aparcado delante de casa, y a Ana y a mi nos encanta.

Entramos en el pabellón donde el equipo ya estaba haciendo los ejercicios de calentamiento. Ernesto, el entrenador, un Argentino al que no le perdono que sea seguidor del Real Madrid, me agarró por el cuello, y me dijo:

—Bueno Rafita ¿y que auto nos estamos comprando?

—A ti me da miedo decírtelo, vas a decir que soy “puto”.

—Lo digo igualmente porque lo sos —me dijo con una abundante carcajada.

—Tu lo has querido. Un Citroen Cactus —dije bajando la guardia.

—¿En serio? —me dijo separándose de mi y mirándome fijamente a los ojos buscando algún atisbo de deshonestidad. —Me encanta ese auto, me ¡EN-CAN-TA!

—No me esperaba esta reacción, la verdad.

—¿Por qué no boludo?, si es una auto re lindo.

Inicié mis ejercicios de estiramientos con el resto del grupo. Todos hablaban de mi Cactus con todo tipo de opiniones. Me vino a la cabeza mi amigo Antonio, con quien quise montar una productora de video en 1991 llamada Vladivostok. Le gustaban las mujeres obesas y tenía una forma muy elegante de salir de las preguntas comprometidas cuando algún mal educado le trataba como si fuese un bicho raro.

—¿Pero cómo te puedes follar a tanta gorda? —le habían preguntado en más de una ocasión.

A lo que él respondía:

—A ti que más te da el cómo, si al final, quien se las folla, soy yo.

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2 comentarios sobre “Yo sólo iba a hacer turismo de concesionario”

  1. Me ha encantado.
    Soy el vendedor y ahora que esta disfrutando del coche , SABIA QUE VENIA A HACER TURISMO !!!
    Pero no por saberlo se tiene que tratar mal a la gente y quitar una ilusion.
    Soy el que dice ” lo comprara o no, pero es como me hubiera gustado que me atiendan ”
    Vuelvo a decir que ME ENCANTA .

  2. Jajaja, uno entra pensando que está disimulando y, al final, vosotros lleváis mucho tiempo sufriendo a los turistas y los debéis ver a la legua. ¡Convertiste a un turista en comprador!

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